Nunca se me dieron bien las despedidas, por eso desde hace un tiempo, cada vez que pierdo algo lo intento despedir de una forma digna, no obstante, no siempre lo consigo.
Hace diez meses, mi vida no era esta. Uno de mis hermanos partía hacia su futuro y una porción de mi corazón lo hacía con él. Pero esta perdida se atenuó relativamente con la llegada de una rosa, que el viento y la luna trajeron de vuelta. Desgraciadamente sus espinas me hicieron unas profundas heridas, ocasionando, así, lluvias torrenciales sobre mi alma.
Aquí, en un lugar que no conocía, me consumía lentamente en el dolor. Poco a poco iba encerrándome, mi conciencia intentaba ayudarme, mi alfil desde la lejanía enviaba frases de apoyo y muchos fueron los que intentaron sacarme de ese abismo. Y, aunque en cierta medida lo lograron, mi corazón jamás salió de él.
Empezó un nuevo curso, nuevas caras, nuevas motivaciones y una flor ya conocida, cuyas espinas seguían enterradas en mi. Nada en toda esta novedad me atraía, nada lograba arrancarme una sonrisa , nada, nada y más nada.
Pero un día, tan insulso como el resto, tan gris como mi interior, apareció ante mi un ángel con cabellos de fuego y un alma gris para, sin explicación alguna, sacarme de ese lugar y elevarme hasta los confines de la irrealidad. Es cierto que aun sangraba mi estómago y que me costó mucho, quizá demasiado, entregarme a su protección, pero, cuando lo hice, el mundo cambió, yo cambié. Logró enseñarme un mundo en el que los sentimientos eran tangibles e incluso saboreé la felicidad, pensando que podría durar para siempre.

Era fácil encontrar la belleza en todas partes, mi alrededor brillaba y nada parecía perturbar mi misteriosamente recompuesto corazón. Pero todo ese amor, empezó a enfriarse a medida que llegó el invierno lleno de dudas y cuando la primera flor de primavera apareció, la oscuridad había vuelto, más dolorosa que nunca.
En esta etapa, en que las incesantes peleas estaban seguidas por ficticias reconciliaciones, mi ángel gris cambió, dejo de ser el que era, mientras yo, seguía siendo el mismo. Quizá pensé que ese era el problema y perdiendo el control de mis actos, me convertí en un monstruo, hice cosas de las que me arrepiento, me convertí en alguien asqueroso y virulento para su entorno.
En el camino hacia el cambio, encontré una piedra, que en su autoimpuesta carcasa, escondía grandes enseñanzas, muchas de las cuales, me ayudaron a cambiar mi forma de pensar. Agradezco mucho su ayuda, aunque nunca se lo muestro, espero que esa piedra, sepa que me ha hecho por mi, mucho más de lo que cree.
Tras el último gran impacto, cambié completamente, llegué al límite y ahora, la tristeza ya no es algo que me preocupe y cada vez, me resulta más fácil estar alegre. Tuve que perder lo que mas quiero, tuve que engañarme a mi mismo e interpretar un papel que a veces olvido, sabiendo, que es imposible destruir un sentimiento por voluntad propia. Pero el sacrificio en parte, merece la pena, pues el mundo empieza a sonreírme de nuevo, aunque en el fondo sé, que todo ese dolor, estallará algún día.
Ahora, el curso ha acabado y me espera un largo verano, lleno de caminos inciertos, junto a mis hermanos olvidados y esa gente que me ha acompañado durante diez meses de mi vida que jamás olvidaré.
No olvidaré la sonrisa del amor, ni el dolor de echar a alguien de tu vida. No podré olvidar cada uno de esos momentos en los que el mundo parecía estar en mis manos, ni esos en que las mariposas me rasgaban las entrañas haciéndome desear la muerte.
Solo han pasado unos meses pero para mi han sido una vida, una muerte y ahora, un final que augura un nuevo comienzo.



